Noche rara

Cortesía de un gran amigo, como de rebote, recibí en mi Facebook una cancion de Soul music. Como por arte de magia me sumerjo en un estado de tranquilidad y felicidad. El nombre de la cancion es tan raro que lo tengo que escribir: Hyperbolicsyllabicsesquedalymistic. La canción, se nota que la canta un moreno por su tono de voz.

Y la quería compartir.

Pronto dejaré mi pais. Cosa que la tengo en todo momento presente en mis pensamientos. Ni siquiera me he ido y ya lo extraño como dijo una amiga un día de estos, que tambien se va. Y es que muchos se han ido, y me refiero a irse del todo. Irse para no volver. Yo se que podria venir cuando quisiera. Es un sentimiento no tan desgarrador. Y si, me declaro un patriota empedernido.

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Diciembre

Hago mis maletas, una de equipaje y otra de mano. Me gusta viajar liviano. Ordeno un poco mi habitación, aunque solo de fachada, puede entrar la dueña de la casa en cualquier momento. Nunca me gustó el orden en la habitación. Soy fiel creyente de que ordenar es perder tiempo, y el tiempo es oro, ¿para que vamos a ordenar la habitación si a los minutos ya va a estar desordenada? Nunca confíes en una persona que tiene su habitación ordenada y que vive sola, eso es tan solo la punta del iceberg. Seguramente tiene algún trauma psicológico, de esos profundos, de esos que se esconden en los laberintos del alma. Que solo salen cuando los destapa el vino o las drogas más amargas. Maleta en mano, salgo a la calle a las 4 de la mañana. Me recibe el carrer del Pantà, mítica calle donde nació un Marcelino Tusell hace dos guerras mundiales. Percibo una ligera inclinación hacia el sur, rumbo al centro de la ciudad, la delatan los rodillos de mi equipaje, hacia allí es donde me dirijo, hacia el mar, hacia el puerto, a buscar embarcarme al otro lado del mundo. Me reciben los escasos sies grados centígrados que caen sobre el cielo de Terrassa a esa hora. Las luces tenues de la calle me dan un sentimiento de pertenencia. Me gusta esta calle, siempre está tratando de decirme algo, pero soy yo el que no le logra comprender del todo. De momento me gusta el simple hecho de que tenemos comunicación, aunque no sepa exactamente el que nos estamos comunicando. Me dirijo a la estación del tren. Me comunica el señor de la taquilla que el tren se demorará quince minutos más, no es un problema para mi, puesto que gracias a las enseñanzas de mi padre, siempre he organizado llegar al aeropuerto horas antes de que salga mi vuelo. Voy con el tiempo holgado. Soy muy estricto con los números y los horarios, no pasa nada, llevo tiempo de sobra. Comparto el vagón del tren con un vagabundo, me mira fijamente durante unos segundos, lo puedo sentir, seguramente me está analizando, yo lo veo de reojo, evadiendo un poco la conversación que se avecina. No le tengo miedo a los vagabundos, simplemente la falta de sueño y el hambre me quitan las ganas de hablar. Llevo dos libros, uno que me faltan 8 páginas para terminar, y otro que lo llevo a la mitad. Creo que fue mal momento para terminar una exitosa biografía dadas las circunstancias en las que me encontraba. Guardo la biografía y pienso a quien se la voy a regalar en El Salvador, es posible que hasta con una dedicatoria, porque no, nunca he hecho eso, es momento de empezar a hacer cosas que nunca he hecho, mañana mismo podría morir, un mensaje bien claro que dejó el protagonista de la biografía. Luego me dispongo a volver al otro libro, el escritor es un señor español. Descarto el libro rápidamente. El señor siempre habla de viajes alucinógenos, de visiones, de un espejo que hipnotiza a las personas. Sinceramente, no estoy con el humor, ni con las energías de escuchar semejantes fantasías. Así que volvemos al de siempre, al que nunca falla, al disco duro que almacena canciones, al Ipod. Me deslizo en el tren del azar y voy saltando de canción en canción hasta encontrar en la que me haga resaltar el momento en el que estoy pasando, que es un momento de pensar, de meditar, de analizar, de hacer una hoja de balance mental y ver que ha sido lo bueno y lo malo de haberme ido cuatro meses de casa. Cosas de propias de un economista, no las puedo evitar, 5 años frente al pizarrón no fueron en vano. Siempre estamos haciendo pros y contras, tratando de obtener resultados netos. Dicen que de los conceptos de la universidad nadie se recuerda, o si te recuerdas, es muy poco, que en realidad la universidad te enseña a pensar. Te enseña una manera de pensar. Bueno pues eso era exactamente lo que iba haciendo, tratando de hacer una hoja de balance sobre mi estado emocional en aquel preciso momento, tratando de determinar como me sentía con respecto a lo que había ganado y a lo que había perdido por haber estado lejos de casa. Mientras tanto me acompañaba un poco Dire Straits, Dylan, The Beatles, etc. Simplemente tratando de mantener la aguja digital en el siglo pasado.

 

El vuelo fue normal, entre dormir, leer, volver al Ipod, escoger entre pasta o carne, café o te, nada fue distinto a los otros vuelos, lo podría describir como un vuelo regular. Había perdido días antes mi pasaporte salvadoreño, así que al llegar me propuse a explicarle a la amable señorita de inmigración mi terrible tragedia en el extranjero, pero que allí mismo podía leer en mi DUI que en efecto había nacido en esta hermosa tierra. Me dijo que no había ningún problema que siempre era bienvenido a pasar a mi país, que procurara sacar el pasaporte para la próxima, incluso me deseo que pasara unas felices fiestas con mi familia, lo mismo le deseé yo, nos despedimos con una sonrisa. El señor de aduanas me trató de vos, me sentí bien, me hizo pasar la maleta por los rayos X, me preguntó si traía cangrejos, y otros tipos de animales vivos. Con una cara de entre asombro y disimulo le dije que en lo absoluto traía semejantes criaturas. Lo más cercano que traía a estar vivo era un poco de café. Aunque en efecto si estaba vivo, pero no creí que el escenario de la aduana del aeropuerto de Comalapa fuera el momento idóneo de explicar los recientes conocimientos adquiridos sobre tan hermosa fruta que crece en nuestras montañas, así que me limité a negar rotundamente la existencia de algún tipo de vida en mi maleta. Se despidió amablemente con una sonrisa también. Bienvenido a El Salvador me dijo un rótulo. Mi padre me esperaba afuera en un todo terreno, listos para la gran travesía.

Posted in Uncategorized | Leave a comment

La vida de un pro

Si no lo hice yo, por lo menos un hijo mío, o dos, o más (quien sabe) tienen que hacer esto. Digo quien sabe porque no se cuantos hijos voy a tener. Mi bisabuelo decía todas las navidades cuando brindabamos con el ponche que el mismo preparaba: “Creced y multiplicaos”. Ese era todo su mensaje, y luego todos aplaudían, brindaban, reían, se lo celebraban. Y yo creo que él era una persona sabia, así que le voy a tomar en serio el consejo.

Lo olvidaba, la canción del día.

Posted in Uncategorized | Leave a comment

I’m still here.

Actualmente en Barcelona. Ya entró el invierno. Tardó un poco, diferentes causas, el calentamiento global entre ellas, que se yo, no me gano la vida analizando el clima. El punto es que me la estaba pasando realmente bien con el clima cálido y el sol dorado de Barcelona, (y España) que nunca se pone totalmente perpendicular, sino que siempre está de lado, como relajado, así como estarías de relajado en una playa de Barcelona. El Sol este no quema mucho, no es como el sol del trópico, que te exponés una hora a el y quedás tostado. Por eso dicen que no quema rojo, sino que quema dorado. “La España, la de la piel dorada” dicen, es la nueva generación en españa, la que no estuvo en la dictadura, los que ya no han pasado por tiempos duros, “la perezosa”, la España que se la tira al suave y de fiesta.

Pero de fiesta aquí no mucho, fiel al pedal, leyendo mucho eso si, poniendo a trabajar el cerebro, eso tambien.

Una canción para compatir.

Posted in Uncategorized | Leave a comment

La vida en el pelotón

Allí van solo perros de caza, me comentó un amigo. Eso es lo que parece exactamente, una carrera de galgos. Yo miraba el velocimetro y no lo creía, el pulsómetro y tampoco lo creía. Un día normal a ese nivel de pulsaciones habría tirado la toalla, pero llevás una descarga de adrenalina bestial en el cuerpo, todos los sentidos agudos, ignorando el dolor, ignorando los pensamientos. Es ir en una posición de ataque, o sería lo mismo decir de defensa. Es un instinto tan primitivo que todos los seres vivos llevamos dentro, se llama el instinto de supervivencia. Es lo que siente la gacela cuando esta corriendo con la manada y detrás vienen las leonas. En este caso en la carrera de ciclismo, lo que te viene siguiendo se llama la soledad. O tambien se puede llamar viento. Ese elemento tan básico que siempre estuvo a la par mía desde pequeño, pero que nunca le preste tanta atención. En caso de que te deje el pelotón te vas a enfrentar de lleno con el. Y no solo eso, sino que lo harás vos solo. Es triste, deprimente, cuando te deja el pelotón. La gacela está viva todavía, pero ya la han cazado, le han desgarrado una pierna, no resistió a la potencia de la garra de la leona, y mucho menos a sus garras traspasando sus fibras, y dejándolas como camisas rotas. Ahora la gacela llace en el suelo. La leona postrada sobre ella, demuestra su poderío, con la garra todavia ensangrentada, ella siente el olor a la sangre, ambas sienten el olor a muerte. Mientras tanto la gacela, empieza a realizar que todo está terminando, cuando en realidad ya ha terminado hace varios segundos. Su mente y su cuerpo empiezan entrar en contacto otra vez, detecta el dolor en su pierna, un dolor que cuando cayó al suelo e intentaba volverse a poner en carrera no lo había sentido, detecta que ya no puede mover su pierna, piensa que es mejor quedarse así, que es mejor dejar que el tiempo pase. Ve a la manada alejarse, todas veloces y fuertes, algunas vuelven a ver hacía atrás, otras ni se han enterado de su perdida.
 
Cuando el pelotón te deja es una situación bastante similar. Tu mente no quiere aceptar que ya no quedan fuerzas para dar un ataque más y volver a pegarte al pelotón. La esperanza se sustenta en poder destrabarte de la garra del viento, que tira desde atrás, desde adelante, tira desde el cielo, de todos lados.

Hace dos años exactamente compre mi primera bicicleta despues de muchos años, demasiados. Mis dientes delanteros delatan un accidente que tuve en bicicleta con una grada de un metro de altura. Pero de eso hasta ahora, ya paso el tiempo, ya pasaron más de diez años. Creo que todo este tiempo no me subí en ninguna bicicleta. Tenía una Shimano de ocho velocidades y tres platos, suficientes para deambular por los campos de San Miguel. Recuerdo que no me gustaba escalar, nada nuevo. Me gusta esprintear, me gustaba sacarle el maximo poder a los pedales, eso si lo recuerdo. Me gustaba la velocidad. Todo esto lo hacía en cuanto miraba un espacio libre para poder darle rienda suelta a las revoluciones. El ciclismo recreacional y juguetón que practicaba en ese entonces no se parece en lo absoluto al ciclismo enfocado en rendimiento, que es el practico hoy.

Desde hace dos años hasta hoy, no he tenido ninguna intención hacia el ciclismo que no sea el de mejorar día tras día. Se ha convertido en un reto, en un objetivo. Si diría que he pasado sentado en el sillón de mi casa esperando mejorar milagrosamente, estaría mintiendo. He entrenado, casi todos los días de la semana, he dormido en estos dos años más de lo que habría dormido en 4 años de mi vida normal antes de andar en bicicleta (para recuperar), he seguido dietas que mejoran el rendimiento, he leido libros sobre ciclismo y sobre ciclistas que están demasiado locos, tan locos que han creido que algún día iban a ser los mejores del mundo y en efecto lo han logrado (Cavendish y Armstrong), entrenos específicos, y la lista continua. En pocas palabras me he convertido en un apasionado del ciclismo. Y aun así sigo siendo un pichón. En este caso un ave de pleno plujame sería un corredor del tour, o un especialista de clásicas o algo así.

Este fin de semana fue mi primera competencia en la máxima categoría existente en nuestro pais, la élite. La creme de la creme. La cáscara con que se cura el jiote, la corteza con que se rasca el tigre. Me dijeron que van duro. Es dificil explicar conceptos de velocidad, intensidad, sufrimiento, dolor, rapidez, en papel. Muy dificil. No hay como el que ha visto, y no que le han contado. El recorrido parecía a simple vista que no iba a dar tanto problema, un circuito de 53 Km a ser recorrido dos veces. En el circuito se incluiría un puerto de tercera categoría de 7 Km. Parecía ser digerible. De hecho son distancias e inclinaciones digeribles que las hago un día normal. Lo que no es digerible es el paso que llevan estos muchachos. No bajan de 40 kmh en la planada. Respondí a los ataques en plan muy bien, mejor de lo que esperaba. Donde me pasaron factura las hamburguesas, pizza, tacos y sorbete fue en la subida. No es que yo sea un tipo gordo, pero estos tigres manejan niveles de grasa corporal bajísimos. Y aparte, yo padezco de hambre. Pero bueno, nada que lamentar, he disfrutado cada uno de esos manjares, llorar sería contradecir mi propia existencia. Aunque no está de más un análisis científico acerca de lo sucedido. Muy fácil de explicar con un poco de lógica: entrar a una subida significa que a medida que avanzan los metros, cargas tu propio peso. Significa que yo voy cargando por cada metro que escalo esas 30 libras de diferencia de más. A la larga no sos eficiente, necesitas producir demasiados watts de potencia para igualar la agilidad con que sube un escalador especialista. Pero bueno. Tampoco es que ignoraba por completo que eso podía suceder, estaba claro que eso podía suceder. Las proyecciones numéricas siempre han sido mi fuerte. Yo simplemente quería saber que tanto iba a ser, hasta donde iba a poder soportar.

He oido algunos amigos que se refieren al hecho de que el pelotón te descuelgue como algo catastrófico. Yo en realidad, no se si será por mi manera optimista de ver la vida, que no lo veo como un hecho tan trágico. Son solo dos maneras de ver la misma realidad. Yo lo veo como una meta retadora. Es ir rompiendo esa barrera mental que tenemos todos los seres humanos. La barrera que nos dice lo que somos capaces de hacer y de lo que no. Yo creo que esa barrera, en situaciones extremas, de peligro, de emergencia, se puede romper. No sabemos de lo que somos capaces hasta que no nos ponemos a prueba. ¿Miedo al fracaso? ¿A fracasar en qué? El fracaso en sí es no haber tratado. La duda es la expresión más real del fracaso. Al final, la carrera no es contra alguno de ellos. Yo voy a tener 90 años, voy a estar postrado en una cama, y ni me voy a recordar quienes iban en el pelotón, en quienes me descolgaron, o quien ganó la carrera. Lo que si me voy a recordar y le voy a contar a mis nietos, es que una vez, cuando yo tenía 26 años y era novato, me metí en una carrera de elite, y que terminé, y que me descolgaron, y que ataqué para tratar de alcanzarlos y que no les llegué, y que a pesar de eso, volví a atacar y que morí tratándolo, pero que a pesar de todo, quince minutos despues, terminé la carrera. En que le hice huevos y que apreté los dientes, y que jamás tiré la toalla. Al final la carrera es contra vos mismo. Al final del día lo que interesa es hacer cosas que vos nunca antes había hecho.

Dicen que dentro de unos días hay otra fecha de ruta. Dicen que el recorrido es más inclinado aun. Dicen que subimos Jayaque. Yo, voy con todo. Señores, aquí tienen uno más en el pelotón.

Posted in Uncategorized | 4 Comments

Música en Jueves

Unas líricas impresionantes. Yeah, el mundo de los genios! Siempre viviendo en un mundo paralelo!

Posted in Uncategorized | Leave a comment

Le vélo

Lo impresionante de estos últimos quince días han sido demasiadas cosas. Han pasado demasiados sucesos relevantes en mi vida. Son personas, conversaciones, reflexiones, momentos que determinan y marcan a las personas, les abren los ojos, les cambian la manera de ver las cosas. Definitivamente estos quince días han sido uno de ellos. Tengo un año de estar de lleno en el ciclismo de carretera. Tengo un año de estar entrenando, informándome, tratándo de convertirme en un conocedor, y que no se todo, pero por lo menos algo ya se. Básicamente tratando de ponerme al día de todo lo que me había perdido estos últimos veinticuatro años de mi vida que no le tomaba importancia. Lo he logrado relativamente con éxito podría decir el tema es demasiado amplio. Hace exactamente hace un año tenía un mes de haber cogido la bicicleta de carretera y vi por primera vez el Tour de Francia. Lo disfruté todos los días a las 8:30 AM por ESPN. Por el lapso de casi una hora me quedaba perdido viendo el televisor de mi habitación. Completamente ido. Mi mente navegando al otro lado del mundo. Lo disfruté lesionado de la parte atrás de la rodilla. Mi misma inexperiencia me había llevado a tener el asiento muy alto, claro que para esfuerzos moderados, como por ejemplo ir del trabajo a la escuela, de la escuela a la casa, de la casa al super, no hubiera pasado nada, pero cuando tienes a un señor (ya de edad avanzada, que la experiencia pesa en el ciclismo, he visto señores que van como un tren) dándote escuela en una subida, y mi subconsciente traicionándome y trayéndome recuerdos de unos meses atrás estar en la misma situación de pelea, pero a diferencia, en una máquina impulsada por un motor de combustión, simplemente no quieres ir atrás, no quieres ser la última parte de la cadena alimenticia, no quieres ser al que comen, sino el que come, simplemente dejaba la piel en la bicicleta. Fue en ese momento cuando me lesioné. Fue exactamente en la subida de La Gloria. El inicio de la carretera Panamericana, saliendo de San Salvador hacia San Vicente, para ubicarlos más en el contexto. Una situación fácil de explicar: Mi piernas siendo impulsadas ya solo por mi espíritu, los tejidos del cuerpo humano al máximo, mala posición en la bicicleta (la pierna muy estirada). Crack. Se acabó la fiesta. A colgar los guantes por dos meses. Me retiré a una parada de buses, llamé por teléfono a mi padre y le dije que no podía continuar, que algo me había pasado en la pierna. Creo que la lesión se intensificó porque ese día por la tarde, participé en una carrera de enduro en San José Villanueva, circuito cerrado, con troncos y vainas. Aunque iba apoyando más que todo la otra pierna, pero igual, a la hora de correr poco importan esos detalles. Estaba de demasiado mal humor. Estaba frustrado. Decepcionado. Ese mismo estado se prolongó hasta que volví a tocar los pedales dos meses después. Me pasaba las mañanas calurosas de Julio escuchando a la comentarista tan experta que se refiere al corredor español Carlos Sastre como Carlitos Sastre. Vaya, que confianza o que cariño le tiene al corredor español, pensé. Yo ahora también le digo Carlitos. Es que la verdad es que es un tipazo. Llegué a conocer su manera de pensar (y de pedalear) en unos videos que tiene el Team Cervélo en su página web. Un tipo con una filosofía de vida y de ciclismo impresionante. Por decirlo de alguna manera es de los de la vieja escuela. Un tipo que admira el ciclismo de garra, de ataques desde lejos, y de darlo todo en la carretera, de no ceder un centímetro sin pelearlo, y mucho menos de no regalar una victoria a nadie, ¡y mucho menos en un Tour de Francia! Un ciclismo que cada día se parece menos al ciclismo de hoy, que más se parece a aprenderse el Tzun Zu de memoria y aplicarlo. No tengo nada en contra de Tzun Zu. Pero en el Tzun Zu no hay un ranking valentía, por ejemplo a la hora de ganar una carrera o guerra. Tema aplaudido y valorado a vastedad por su servidor.  No hay una escala de con que tantos cojones lo peleaste, por ejemplo. Está bien utilizar la estrategia, pero hay temas que no se pueden explicar con un manual. La vida no viene en un manual. Is hard to explain como diría Julian Casablancas. El punto es que me pasaba viendo el Tour de Francia, con tanta inexperiencia, con tanta ignorancia, disfrutándolo tanto, viendo como un niño una película que no entiende, pero que le gusta el simple hecho de ver el televisor. El Tour me enganchó de sobremanera. Me impresionó demasiado los paisajes, la potencia de los corredores, la tecnología de las bicis, la polémica. El retorno de Lance Armstrong me enganchó bastante también. Claramente el tipo estaba haciendo un acto de valentía en volver a correr después de tres años fuera del ciclismo profesional de carretera. No solo eso, sino volver diez años mayor que los que se encontraban en este momento en la cúspide de su forma física. Esos chavales que estaban de amores con el ciclo de la vida y que estaban siendo bendecidos y dotados por la juventud y su capacidad de recuperar pronto, de progresar fácilmente. De simplemente como me dijo un viejo pedalero que llega al parque del Besòs todas las tardes, chavales que solo tienen que dormir, comer y entrenar. Luego leí la historia de Armstrong. La historia de su vida, de como superó el cáncer y luego como se proclamó campeón del Tour. Me impresionó bastante. Yo he estado enfermo. Yo he estado en un hospital. Ese libro deja una gran lección de vida para los que se creen invencibles y que creen que nunca van a morir. Para los que viven sin tener presente la muerte.

Ha corrido agua bajo el río desde ese Tour del 2009. He recorrido varios kilómetros en mi bicicleta. En la Trek de marco de carbón que tengo aquí en España y otros cuantos más en esa pesada y tosca Giant de aluminio que quedó en El Salvador. He conocido pueblos y lugares fantásticos gracias a la bicicleta. He conocido gente increíble. He dedicado bastante tiempo a pensar sentado en el sillín. Me he llegado a conocer mejor gracias esas tardes de pedaleo perdido en carreteras del parque nacional de Montseny, en medio de montañas de piedra con nieve, con ropa termal, o esos paseos de verano calurosos frente a las playas del Maresme, parando en chiringuitos a beber agua con gas y comer bocadillos de pollo, tocino y pimiento. Mi ipod mi gran acompañante. Mi música mi gran estimulante. Mi cronómetro y mi pulsómetro, mis grandes retos. El reflejo de ese sol mediterráneo sobre el mar, mi sedante.

Una semana antes de esta primera lesión, porque he tenido dos por desgracia, pero de esta primera y determinante, que probó mi verdadero amor y paciencia por la bicicleta, me inscribí en una competencia en El Salvador. Un mes y medio de haber estado corriendo DH y tres semanas en la de carretera. Diego Barrios me retó a que no me metía a una carrera. Le dije que no se confundiera. Que a donde tenía que firmar. Que esos cinco dolares de inscripción a quién había que pagarselos. El recorrido consistía en el sábado un TT de 10 kilómetros por la mañana sobre una calle que pasa detrás del aeropuerto de Comalapa. Ultra insano porque estabas a media contra reloj y te pasaban aviones sobre tu cabeza que iban a aterrizar o que iban despegando. Fantástico. Por la tarde un recorrido de 75 kilómetros, casi todo en plano y que finalizaba con un puerto de primera categoría y partes fuera de categoría. El puerto es de 14 kilómetros y comienza en el Puerto de la Libertad y termina en Tamanique. Y el domingo un circuito tipo criterium sobre el Espino y los redondeles “nuevos”. Yo en mi vida había tocado un puerto con la bici de carretera. Me había pasado entrenando en el velódromo nada más, todo plano. Miento. Dos días antes había ido a la subida del Pricesmart a ver como era. Duro. Esa fue mi conclusión. Me lancé a la carrera. El TT fue extremadamente duro. Traté de inscribirme en novatos, pero me dijeron que ya tenía veinticuatro años y que tenía que correr en élite. Tampoco me afectó. En el TT por lo general, los últimos que salen son los más fuertes, los que tienen mayor posibilidad de ganar, o lo últimos en inscribirse. Yo fui el último en inscribirme. Salí con los más mostros. Cuando salí me motive tanto que di todo los primeros 5 minutos de la carrera. Salí a por todas. Salí justo como si hubiera sido un motocrosson. Tanto así que cuando llevaba unos metros avanzado, escuche los aplausos de los amigos en la línea de partida. Ellos sabían que era mi primer carrera, cuando me vieron salir con todo han de haber pensado, que buena salida hizo el bicho. Al momento golpeé la pared y empecé con la deuda de oxígeno. Me lance los otros 14 minutos que tardé al borde del colapso, pero eso si, muy entusiasmado.  Los últimos 5 kilómetros del recorrido baje el plato 50 y puse el 39, y me relaje, ya me dejé ir. Lo curioso es que al principio del recorrido vi como un broder de traje naranja me paso como si era una moto. En el momento pensé, que mal voy, luego me enteré que el era el campeón de ciclismo de Guatemala. Terminé el TT con un sprint violento, volviendo a poner el plato 50 y dándolo todo en la cancha. Después nos fuimos al Rancho Pato Canales y me comí un pollo asado con tortillas para reponer fuerzas. Me estaba preparando para la carrera de la tarde. Para mi sorpresa al salir, vi los resultados de la contra reloj. Le había ganado a uno. Le gané a uno. No fui el último lugar. Solo espero que no halla tenido ninguna falla técnica o algo por el estilo y la victoria haya sido legítima. Me gustó no haber quedado en último. Que conste, el ciclismo no es como el enduro. Los que se meten no van a jugar. Me encendí lo suficiente y lo celebré con un coctel de camarones de regreso en Pato Canales. Todos se estaban bañando en las piscinas y parecían muy a gusto. Yo no me quise bañar, simplemente me dio mala espina. Por la tarde se armaron los dos pelotones. Me puse junto a los élite. Todos corredores muy en forma y muy fuertes. Yo allí en medio con mis gafas de sol para parecer más violento. Un poco para camuflagearme. Sin socializar mucho. La verdad me sentía amenazado. Pasó lo que tenía de pasar. El pelotón élite salieron disparados y al kilómetro ya me habían dejado. Le metieron una potencia desde el principio que yo no le pude seguir el paso. Una vez te deja el pelotón, pierdes el rebufo del pelotón. Es decir, la burbuja de aire que va abriendo el pelotón hace que pedalees menos para ir con ellos. No vas rompiendo el viento, te ahorras ese esfuerzo. Una vez me dejó el pelotón hice dos o tres esfuerzos por tratarlo de alcanzar pero no pude. Los malditos se fueron. Me quedé yo solo pedaleando en por la carretera. La verdad es que jamás había ido en un pelotón.  Pero sabía de antemano que no tenía que despegarme de ellos para no perder su paso. En ese momento pensé, yo he venido aquí para terminar, voy a ir a mi paso pero esta carrera la voy a terminar. Empecé a rodar a mi ritmo. Diez minutos, seguía solo. Veinte minutos. Algunos locales se me quedaban viendo extraño. Seguramente pensando, ve a este lo dejaron. Me daba igual yo seguía luchando. Cuando de repente escucho unos metros detrás de mi una bulla, unos gritos. ¡Bicho, bicho! ¡Hey! ¡Métase!. Era el pelotón de novatos y master (edad avanzada) que venía por detrás. Ah no, pensé, con estos si me pego, estos no se me van. Me incorporé al pelotón. Algunos eran amigos del velódromo. Se alegraron de haberme recogido. ¡Aquí váyase, dele con todo! Me dijo uno. Me volví a encender y me fui con ellos. Humildemente me fui en la parte trasera del pelotón. La verdad es que ya estaba bien cansado por todos los esfuerzos máximos del día. Pero me fui allí manteniendo. Aguantando. Ese día olvidé el pulsómetro. Seguramente me habría asustado de ver mi ritmo cardíaco. Maktub. Todo estaba destinado a que no lo llevara. Además yo jamás en la vida había ido en un pelotón en carretera. Déjenme decirles que es de las cosas más bellas que hay en la vida. Es impresionante. Es como montarte en algo. En algo. No se exactamente el que. Es montarte en una masa e ir rompiendo algo. Es como ir navegando en un barco de aire. Es impresionante. La sensación de ir en el pelotón me envolvió completamente. No podía creer lo que estaba viviendo. Que deporte, pensé. A medio recorrido la cosa se puso un poco violenta. Estaban rehaciendo un puente a media carretera. El puente ya lo habían terminado, pero la calle estaba completamente de tierra y piedras. La capa que va debajo del asfalto. Yo pensé, estos tigres van a tener que parar aca. ¡Los malditos atacaron en esa parte! Me encendí otra vez y me puse en el chip moto. Pensé esto es como ir endureando pero con la bicicleta. Aguanté el pedazo. Logré salir intacto y a tiempo. Ufa. Eso estuvo duro. La carrera se volvía a estabilizar. El paisaje era digno de apreciar. Plantaciones de caña y el mar a lo lejos. El color café claro que característico que se torna la vegetación en Centroamérica en verano. Luego seguimos rodando y rodando hasta llegar al Puerto de la Libertad. En el camino solo algunos baches en la carretera me quitaban el sueño. Al llegar al puerto la cosa se volvió a poner violenta. Había mucho tráfico. El sábado la gente baja al Puerto a comer mariscos y a tomar cerveza. Pero ya conociendo a esos lobos que llevaba al lado, dije, estos van a atacar. Exacto. Me fije que los que iban delante se empezaron a ver entre sí a los ojos. Como pensando, listos para sacar la espada. Estos no me la juegan otra vez, pensé. Empezaron a ir entre los carros como bólidos. En cosa de segundos el pelotón se convirtió en una larga fila. Empezamos a serpentear entre el tráfico. Esprinteando a veces. Yo solo escuchaba los insultos y el pito de los carros. Una voz detrás del pelotón dijo: ¡Calmémonos! Era el entrenador. Pero era como hablarle a las piedras. Los que iban en cabeza del pelotón les dió igual. En ese momento decidí que había que actuar. Tenía que pegarme a la rueda de mi compañero de adelante. Frenar, pararme, esprintear, aguantar un poco más, todo lo hice varías veces. Al fin lo logramos. Salimos del tráfico. Cuando me disponía a tomar un poco de agua. Volvieron a atacar. Seguramente pensaron, estos atrás vienen reventados después de ese chicharrón, hoy sí dejémosles. No me había podido ni relajar cuando tuve que volver a seguir el ataque. Avanzamos así hasta el inicio del puerto de Tamanique. Yo al llegar a Tamanique perfectamente hubiera colgado los guantes. Me podía dar por satisfecho por lo que había hecho. Al iniciar el puerto volvieron a atacar y yo ya no podía más. Que les dén, pensé. Puse mi platito 30 y el piñón más grande y me dispuse a conquistar a mi ritmo el coloso de Tamanique. Poco a poco pedaleando, con cadencia para darle un poco de relajación a los músculos. El pelotón me dejó.  A las tres curvas ya no los vi. Yo seguí mi ritmo. Al rato encontré un chaval de unos 16 años en una bici muy vieja, también ya lo había visto en el velódromo antes, iba sufriendo igual que yo. Era de consistencia muy delgada y se notaba que también ya le faltaban la fuerza en las piernas. Nos fuimos juntos por un momento. Quizás lo intimidé un poco porque no me dijo nada. ¡Ya voy reventado! Le dije como para romper el hielo, yo también me dijo y se limitó a asentir. Empezamos a platicar poco a poco. Por frases cortas, una frase yo, otra frase él. Seguramente pensó que los blancos no tienden a ser tan amigables en El Salvador, y este chele era una excepción. Vos sos el del velódromo le dije, y lo afirmó. Si allí voy, me dijo. Nos fuimos juntos, pero el muchacho ya iba dispuesto a entregar el fusil y lo tuve que dejar en el camino. Bueno yo le doy, le dije, vemos al rato. Seguí mi paso, escalando en solitario. En ese momento vi a mi alrededor. Unos árboles hermosos, gruesos, fuertes, erguidos y verdes entre tanta sequía. Hacia adelante tenía toda la montaña de Tamanique, impetuosa, como deteniendo el mar. Al oeste tenía toda la costa interminable. Palmeras a lo largo de la playa y el sol reflejando en el mar. Largas olas y el color oscuro del agua al fondo. Se sentía el olor al mar, el olor a sal. Estaba haciendo un calor infernal, casi 40 grados seguramente, más el calor del sufrimiento en la bicicleta. Que hermoso todo esto, pensé. Yo pedaleaba y pedaleaba. A los minutos encontré un abastecimiento de agua. Eran unas chicas Tigo que te tiraban agua en la cabeza y también te daban para beber. De beber no tenían nada ya. Pero si me tiraron agua en la cabeza. Creo que también me tomaron una foto. Muy simpáticas por cierto. El agua me cayó de lujo y me dió fuerzas para seguir avanzando un poco más. Por la mala posición que llevaba en la bicicleta, que anteriormente les expliqué, se me empezó a dormir el pie. Ya no sentía nada los dedos de la pierna derecha. Pero allí iba. Si hay una cosa que te enseña el enduro, que es uno de los deportes que más me ha forjado en esta vida, es a ser necio, a ser terco, a no renunciar. Después me dieron ganas de hacer pipi. No sabía si bajarme de la bici porque no sabía si iba a poder volverme a subir. No quería perder el impulso tampoco. Peligroso y me quedaba allí. Hasta que me decidí parar un momento, pero luego seguí. Sentí un alivio impresionante solo el hecho de bajarme de la bicicleta. Seguí avanzando. Luego alcancé a una chava que yo la había visto pedalear en el velo. Muy fuerte. En el velo se miraba rodar muy duro, pero ahora iba reventada como yo. Me dijo algo de un incidente mecánico de su bicicleta, lo cual decidí no creérmelo del todo. Ah ya, me limité a decirle. Ella al verme a mi, empezó a acelerar el paso y nos fuimos a la misma velocidad. Aguanté su paso un par de minutos, pero ella volvió a acelerar y se fue. A mitad de recorrido, vi que empezaban a bajar los carros de los de la élite, que ya habían llegado a la meta, habían descansado, habían comido y ahora aburridos se disponían a bajar. Algunos se reían, otros me aplaudían. Los que me aplaudían les agradecía. Los otros hubiera querido decirles que cogiéramos una moto y que fuéramos a Las Morenas o al Veinticuatro (rutas a la carta del Enduro de El Salvador) para ver si así como roncan, duermen. O en todo caso, a San José Villanueva (circuito cerrado de enduro) si se querían poner tontos. Pero bueno, la madre que los parió. Yo seguía haciendo lo mío, que era, seguir. Al poco rato escuche un inconfundible ronroneo de una KTM 990 Adventure a mis espaldas. Era Diego Barios, organizador de la carrera, gran rival para enduro y un maestro sobre la bicicleta. Al verme se alegró mucho. ¿Cómo vas? Me dijo. Esto esta increíble, le dije. Se despidió contento y se fue. El ruido del escape invadió toda la carretera hasta que se perdió montaña arriba. Después un carro que venía bajando paró y me dijo que si estaba bien, que si quería ayuda o algo. Les dije que quería agua, pero el ofrecimiento de ayuda consistía en todo menos agua, porque no tenían. Les di las gracias y me fuí. Me dijeron que faltaba poco, eso fue todo. Después encontré otro carro, ya para este momento ya la veía extremadamente negra sinceramente. Cuando de repente un amigo me dijo que faltaban dos kilómetros. ¡Dos kilómetros! Me dije para mis adentros. Empecé a pedalear con más alegría hasta llegar a la meta. Lo había logrado. Cuando llegue a la meta, hasta las ventas de comida habían cerrado ya. Unos amigos de la federación me dijeron que me podían llevar de regreso hasta el Rancho Pato Canales en la parte de atrás del pick up. Subieron mi bicicleta y la metieron donde pudieron. Le quitaron las llantas y la pusieron encima de otras bicicletas. Yo me vine con los corredores de la federación atrás en la cama. Venimos todo el camino hablando de la carrera.

Cuando llegamos a Pato Canales ya habían cerrado el lugar. Mi carro había quedado adentro. Le rogamos al señor que nos abriera la puerta. Ya era de noche, tenía que volver a San Salvador, y al día siguiente estar listo para el segundo día de competencia. El vigilante dijo que el no tenía las llaves y que no nos podía ayudar. Lo cual tampoco le creí, pero no se puede hacer nada en estos casos que la gente cumple tan bien sus funciones. Un amigo de la tienda de bicis me ofreció llevarme hasta San Salvador en el camioncito que usaban para cargar los toldos. Metimos mi bici atrás y yo me fui en la parte de atrás del camioncito, sentado, con las piernas encogidas porque no había espacio. Venía sentado en una lamina de metal con pequeños relieves, que después de estar todo el día en la bicicleta simplemente me parecía un martirio. Además para ese entonces no sabía que existían asientos especiales, que pudieran aliviar el dolor. Yo andaba el asiento de fábrica que claro está, se lo ponen a la bicicleta porque tampoco te pueden vender la bicicleta sin asiento. Mi amigo me dijo que le había hecho huevos. Que por lo menos había terminado. Que ese era mi objetivo de ese día y lo había cumplido. Yo mi dinero lo tenía en el carro, conmigo no tenía ni un peso. Pasamos por Olocuilta y le expliqué que no tenía dinero, él me dijo que el pagaría mis pupusas, que no me preocupara. Me pasó a la parte de atrás del camión, unas pupusas revueltas con sabor a cobre. Sentí como si me estaba metiendo un montón de monedas en la boca. No me las terminé de comer. Al llegar a la tienda de bicis, les di las gracias, y me fui para mi casa, que todo el camino era en bajada. Cuando me subí a la bici, me sentía demasiado adolorido en las piernas y en todo el cuerpo. ¡Me dolía absolutamente cada articulación de mi cuerpo! Aun así, logre llegar a mi casa. En casa me estaba esperando mi familia. Nos sentamos en la mesa y les conté mi travesía. Traté de explicarles lo duro que era el ciclismo de carretera pero no creo que nos hallamos comunicado con la efectividad que yo hubiera querido. Hay cosas que hay que vivirlas, o por lo menos verlas de cerca para enterarse más o menos de que se tratan. Este era uno de esos casos. En la mesa cenamos pan de bola cortado con jamón, queso, frijoles y otras cosas que estaban en la refri. Les dije que me tenía que ir a dormir para estar listo para la etapa del domingo. El día siguiente me levanté muy descansado, había dormido lo suficiente, unas ocho horas o más, pero mi cuerpo no lograba recuperarse del recorrido de ayer. Llegué al lugar de la carrera. Al ver el ambiente de la carrera y toda la gente entusiasmada me volví a encender. Esta vez, aunque estuviera inscrito en el pelotón élite, dejé que se fueran. Ya me daba igual. Me iba a ir con los novatos y masters. Esta vez consistía en un circuito de unos 6 kilómetros, 1 hora rodando, más o menos íbamos a avanzar unos 35 kilómetros. No estoy seguro pero algo así era la relación. A las dos vueltas tiré la toalla. Es que ya no podía más, mis piernas no daban para más. Yo estaba completamente lleno de energías pero mis piernas parecían haberse desprendido del mando de mi cuerpo y no reaccionaban más. Al llegar a las bajadas aprovechaba de reivindicarme un poco. Las bajadas y las curvas era lo que mejor me iba en ese entonces, puesto que traía la escuela de la moto en las manos. Hice 4 vueltas más en solitario. En la tercer vuelta, que ya iba solo, le dije a mi padre que me diera un guineo, que me lo tuviera listo la próxima vuelta. Mi papa me gritó vergón. La cuarta vuelta, pasé y desde lejos pude ver que mi padre no tenía ningún guineo en la mano. Me gritó que Ismael Villacorta (ex campeón de ruta de El Salvador a los 17 años, que ahora es el vicepresidente de la federación) le dijo que ya no era momento de comer. Me enojé. La quinta vuelta le dije que pese a cualquier cosa, quería ese guineo. Hasta la sexta vuelta mi padre me tuvo listo el guineo. Me lo pude haber comido hasta con cáscara, pero me relajé y me dediqué a pelarlo con cuidado de no caerme. Sentí como el magnesio y el potasio se fue instalando en cada célula de mis piernas y fue liberando ese ácido láctico que me tenía atrapado por dentro. Esa fue mi última vuelta a mi mayor ritmo. La otra la hice por orgullo. Terminó la carrera y nos fuimos a Bicimanía, la tienda de bicis para la premiación. Yo estaba hablando con las niñas de Red Bull, que son extremadamente simpáticas, y apoyan al deporte nacional, cuando de repente escuche mi nombre. Se han equivocado, pensé. Me volvieron a mencionar, con nombre y apellido. Este muchacho tiene apenas tres semanas en la bicicleta y ha terminado el recorrido, dijo Diego Barrios. Era un trofeo que les había sobrado, y a Barrios la cayó en gracia que yo hubiera terminado la carrera. Decidió darme el trofeo. Me puse mis gafas oscuras y subí a recoger el trofeo. Le agradecí a todos los presentes con un saludo de mano al aire y una sonrisa. Luego me regalaron una camisa que decía La Clásica – Bicimanía – El Salvador. Tiene el mapa de El Salvador en la parte de atrás. Todavía voy al gym con esa camisa aquí en Barcelona. Es de mis favoritas. Ese día me enganché completamente al ciclismo. Es un deporte épico. De sufrimiento, de luchar contra las adversidades, de llevar al límite el cuerpo y el alma, de entrega, de sacrificio, de reir y llorar, de disciplina, es pura pasión.

Este año, el Tour de France lo viví de manera distinta al año pasado. Muy distinto al año pasado, esta vez sin hielo en la pierna. El Tour pasó a 60 kilómetro de España, en Ax-Les-Thermes, una estación de ski. Allí era el final de etapa. Me armé un poco de valor y me fui a verlo. Jordi Casanovas, mi primo, me acercó hasta Puigcerdà, el pueblo fronterizo con Francia. Ha sido uno de los días más increíbles de mi vida. Tomé más de 500 fotografías, eso reflejaba mi estado de ánimo bastante. El Tour. Es que el Tour no es el Giro de Italia. El Giro no logra ser el Tour. El Tour no es La Vuelta a España tampoco. El Tour es único. El Tour es el evento más importante del ciclismo en el mundo. Es una carrera que tiene más de cien años de estarse celebrando. Cada etapa tiene historia. El Tour es la selección de lo mejor del ciclistas del mundo. Además, ese fin de semana aprendí que bicicleta se dice le vélo en francés. El Tour… que nostalgia que ya terminó. Siempre hay tiempo para hablar sobre él.

Posted in Uncategorized | Leave a comment